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Cultura: El patriarca de los pájaros
12/09/2026 | 501 visitas
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Dirigió ‘Clarín’ en sus años de esplendor. Ahora vive solo, rodeado de aves. Y no lee el diario. “Nunca miro para atrás”, dice Marcos Cytrynblum.- Pablo Perantuono- Buenos Aires.(Nota publicada el 24 de noviembre de 2021).
El salón es enorme, pero sus pocos muebles, los techos altísimos y el silencio espectral lo hacen todavía más grande, intimidatorio. Antes de ingresar, a Marcos Cytrynblum (Buenos Aires, 1938), además de revisarlo, le indicaron que camine hasta la mitad del lugar y que una vez que distinga una marca estampada en el piso, se detenga allí, que no la pase. Cytrynblum, o “el Ruso”, como le dicen en la redacción de Clarín, de la que es el director, siente el cosquilleo de los momentos cumbres, esos a los que todo periodista aspira pero que no tantas veces experimenta y, tras avanzar decidido, se detiene justo antes de la señal. Vestido con un traje gris, dentro de unos mocasines negros que lustró antes de llegar, se queda parado allí, ansioso y algo inquieto, en el medio del Palacio Real de Bucarest, Rumania. Si lo filmaran desde una esquina y lo tomaran con todo ese ambiente imperial escapándose por detrás probablemente esa imagen sintetizaría la pequeñez de un hombre, por más que mida 1,88 como en su caso, ante el curso de la Historia. Es el jueves 19 de octubre de 1978 y el Ruso está por entrevistar a Nicolae Ceaușescu (1918-1989), amo y señor de los Cárpatos, el dictador que lleva más de 10 años cabalgando sobre los destinos de Rumania. Es el primer reportaje que le dará a un medio latinoamericano y es, en una época de escasa narrativa audiovisual como aquella, poco menos que un mito, mucho más que un misterio.
 
Ceaușescu atraviesa un buen momento: además de aspirar a ser uno de los grandes líderes del mundo y de no ser considerado un halcón de la Guerra Fría sino, en apariencia, el rostro humano del régimen que regula Moscú, hace solo tres meses, en lo que significó la primera visita de un presidente del bloque comunista a Occidente, la reina Isabel II de Inglaterra le otorgó, apoyándole un sable sobre el hombro, el título de Caballero. Por supuesto, nadie sabe que se lo quitarán dos días antes de ser fusilado, poco tiempo después de que sus tropelías y sus purgas queden al descubierto. El mundo vivía equivocado. Pero para eso falta mucho; aquí, los minutos pasan y el Ruso lo sigue esperando, parado en medio de la inmensidad. “¿Vendrá este tipo?”, se pregunta ojeando el reloj, ¿habrá valido la pena todo el esfuerzo, los formularios llenados, las horas de incertidumbre, la espera muda en el cuarto de hotel, las preguntas al borde de la interrogación del oficial de inmigración, las advertencias del embajador argentino en Bucarest que le sugirió no hablar con nadie, que le aseguró que había micrófonos escondidos en su habitación?
 
Pero sí, valió la pena, porque de pronto una puerta se abre y Ceaușescu aparece, su jopo, sus ojos azules, el traje igual de gris, igual de homogéneo. El líder se acerca y se detiene del otro lado de la marca en el suelo, a casi un metro suyo y, desde su escaso 1,68, extiende su mano derecha lo suficientemente poco como para que Cytrynblum, largo como es, tenga que inclinarse, casi sucumbir, para estrechársela. Ceaușescu —que no está solo sino que lo acompañan su esposa Elena (diputada nacional), un fotógrafo, un secretario y un traductor— señala con su brazo un rincón del enorme salón donde dos sillones y una mesa, bajos y desangelados, los esperan para sentarse y conversar. El encuentro durará una hora y hablarán de política internacional, del rol de Ceaușescu como garante de la paz en Medio Oriente y de las relaciones rumano-argentinas.
 
“No me acuerdo mucho de la nota, pero sí de que salió en la tapa del diario con un dibujo de Sábat, habría que buscarla. Yo no la tengo”, sugiere Cytrynblum en su casa de Pilar, un suburbio ubicado a 45 kilómetros del centro de Buenos Aires dominado por los countries, circuito cerrado de casas opulentas con servicio de vigilancia propia. En uno de ellos estamos ahora. Desde su living, el verde primaveral del jardín estalla desde el otro lado del ventanal.
 
A los 83 años, además de conservar su cabellera intacta, Marcos Cytrynblum sigue activo: maneja una fundación y una cooperativa que funcionan en esa zona del norte del Gran Buenos Aires. Desde que dejó la dirección de Clarín, y pese a que participó de otros proyectos atractivos (dirigió el relanzamiento del diario La Prensa y fue director en Canal 9, entre otros), prácticamente desapareció de la escena pública. Desde entonces ha rehusado a hablar de su pasado. Cuando COOLT llega a su casa, Cytrynblum dialoga por teléfono con uno de sus empleados, al que le informa, entre otras cosas, que será promovido.
 
Desde que se separó de la madre de sus hijos a comienzos de siglo, el periodista vive solo, rodeado de jaulas con pájaros variados y coloridos —son más de 20— que emiten sonidos agudos y exclusivos, sonidos que no llegan a constituir una pieza musical sino más bien una suerte de gorgoteo fluvial, a veces vacilante, a veces experimental, como inflexiones de una melodía anhelante. “El gusto por los pájaros lo empecé a desarrollar de grande, cuando me vine a vivir acá hace 20 años, y es probable que sea la forma de estrechar un vínculo con mi padre, que adoraba los pájaros, pero con quien nunca hablé demasiado. Él era un inmigrante polaco que escapó del nazismo, pero que nunca me habló de eso. Nunca. Jamás”.
                                      
Durante 15 años, desde 1975 hasta 1990, Cytrynblum fue el secretario general de redacción del diario Clarín, el más importante y masivo de la Argentina. En el país, aun hoy, “secretario general de redacción” es un eufemismo de matriz sindical que sirve para nombrar al director de un diario, al jefe máximo. En ese lapso en el que “Cytryn”, o el Ruso, manejó la tropa de la cuadra, como se conocía a la redacción del diario (porque tenía la dimensión de una cuadra), Clarín pasó de vender 312.000 ejemplares de promedio diarios a más de 600.000, llegando a circular más de 1 millón los domingos, ubicándose, pese a pertenecer a un país periférico como la Argentina y escasamente poblado (25 millones para la época de la entrevista con Ceaușescu), como el octavo diario del mundo en venta de ejemplares, hito que nunca más fue alcanzado por otro medio en Latinoamérica. Periodista de Clarín desde 1959, Cytrynblum, que se fue de la empresa en malos términos cuando ésta estaba por iniciar su arrolladora expansión y convertirse en un multimedio, fue el factótum de esa notable transformación. 
 
Aquellos tiempos están cargados de mitología, bohemia y también oscuridad. A los pocos días de asumir el cargo, Cytrynblum comenzó una serie de cambios en el diario y en la redacción, cambios que confluían en un objetivo claro e inapelable para él: seducir al ciudadano común, al hombre de a pie. En primer lugar, decidió que Clarín abriera cada edición con temas de política nacional y no de política internacional, como sucedía hasta entonces. Agrandó las secciones de Deportes, Policía y Espectáculos. También conformó una “mesa de notables” integrada por escritores o “plumas” que narraban, con talento y gracia, las vidas y las peripecias de la calle y de la gente común. Descollaron allí Daniel Giribaldi, un joven Jorge Asís (contratado especialmente por Cytryn), Emilio Petcoff, Carlos Marcelo “el Negro” Thiery y Jorge “el Alemán” Göttling. Pero algunos de esos cambios se vieron obstaculizados o cercenados por un acontecimiento que marcaría para siempre el destino del país: el golpe militar de marzo del 76 y la instalación de una dictadura sangrienta que impuso un régimen de censura y de prohibiciones en todas las manifestaciones culturales del territorio, incluida, por supuesto, la prensa. Al día siguiente del golpe, Cytrynblum y el resto de los directores de los diarios nacionales fueron informados de que cada noche la portada del día siguiente de los matutinos debía ser enviada para que ellos, los milicos, la aprobaran. “Esa situación finalmente duró muy poco, por impracticable, pero te da la pauta de lo que fue hacer periodismo en ese tiempo: no se podía. No se podía hablar de la actualidad nacional, y mucho menos al comienzo”.

- ¿Cuándo fue que se enteraron que sucedía lo que realmente sucedía, o sea, de que desaparecían gente?
- Al principio eran solo rumores, gente conocida que te decía “se llevaron a tal”, “lo agarraron a fulano”, pero era eso: “se lo llevaron” o “lo agarraron”. De a poco se empezó a decir que los chupaban, pero no más que eso. Nadie, en esos primeros tiempos —te diría, dos años— podía imaginar ese espanto. Hasta que en diciembre de 1978 nos llega la noticia de que en las playas de San Clemente del Tuyú habían aparecido unos cuerpos. Mandé a un periodista a cubrirlo, pero cuando llegó los milicos ya se habían llevado los cadáveres. El periodista habló con la gente del lugar, y le contaron lo que habían visto. Era un horror. Cuerpos mutilados, sin los brazos, un desastre. No pudimos publicar nada. No se podía publicar nada.
 
- ¿Les decían concretamente qué podían publicar y qué no?
- No, no es que teníamos que preguntarles o consultarles a ellos cada noticia, pero convivíamos con el régimen, con esa censura impuesta desde el primer día. Lo único que podíamos criticar era la política económica [del ministro José Alfredo Martínez de Hoz].
 
- ¿Qué personaje de los que trató entonces le pareció el más temible?
- Uno de los peores era [Ramón] Camps. Un día de comienzos del 78, creo, en medio de las tensiones por el tema del Beagle con Chile, me reuní, citado por él, en su oficina del Comando Mayor, sobre la calle Paseo Colón. Me recibió con su pistola sobre el escritorio. En un momento me dice: “¿Cómo es que se llama usted?”. “Cytrynblum”, le digo. Y él repite: “Cytrynblum… Cytrynblum… ¿de qué origen es?”. “Judío polaco”, le digo. Y él agrega, con gesto agrio: “Qué difícil, ¿no…?” Era un asesino, un miserable…
 
- ¿Lo conoció a Videla?
- Lo vi una sola vez, fui a pedirle si el Estado podía transmitir un partido de fútbol que Clarín iba a organizar en conmemoración al primer aniversario del Mundial del 78. Me dio la mano blanda, y me pareció un hombre gris, amargo. Estuve no más de 15 minutos y me dijo que sí, pero después no entregó la plata.
 
En marzo de 1979, a Cytrynblum se le ocurrió un plan. “Era lo único que podía hacer: como casi no se podían dar noticias locales, lo que quedaba era pensar ideas, convertir a Clarín en un generador de noticias”.
 
Una mañana calurosa se reunió, gracias a la gestión de los jefes de Deportes del diario, con César Menotti, técnico de la selección que menos de un año antes había salido campeona del mundo tras derrotar 3-1 a Holanda en la final. Se juntaron en una cervecería a escasos metros del Obelisco. Además del gusto por el tabaco, a Cytryn y a Menotti los unía cierta corriente de empatía ideológica y cultural: ambos eran amigos de Joan Manuel Serrat, fanáticos del tango y del fútbol ofensivo. También de las sobremesas largas. “¿Qué tiene pensado la AFA para celebrar el primer aniversario del título?”, le preguntó el Ruso. “Que yo sepa, nada”, respondió Menotti. “¿Por qué no jugamos la revancha con Holanda…?”, propuso el periodista. “La revancha no, porque ya está pautada para mayo en Suiza, pero juguemos un partido contra un equipo integrado por los mejores del mundo”, retrucó el DT. “Hagámoslo. Y que lo que se recaude sirva para construir el predio de la AFA en Ezeiza”. Faltaban menos de tres meses. ¿Podía ser posible organizar un partido invitando a más de 20 estrellas europeo-sudamericanas en ese lapso de tiempo? ¿Podría funcionar semejante evento organizado por gente no habituada a ese tipo de iniciativas? ¿Y si fallaba? Gracias a los oficios de un representante italiano amigo suyo, Cytrynblum, con la ayuda de su equipo de gente, logró que todos ellos pudieran llegar a tiempo.
 
Finalmente, en la fría y ventosa noche del 25 de junio de 1979 un equipo integrado por los grandes cracks de la época (Zico, Platini, Paolo Rossi, Boniek, Tardelli, Krol, entre otros) derrotó 2 a 1, en una repleta cancha de River, a la selección nacional, equipo que a su ya enorme categoría le había sumado un atributo descomunal: la aparición de Diego Maradona, considerado el nuevo genio del fútbol mundial. De hecho, Maradona, con solo 18 años, marcó el gol del equipo de Menotti, un zurdazo y un festejo que se recordarían por siempre. Una vez terminado el partido, la propietaria del diario, Ernestina Herrera de Noble, ataviada con un tapado de piel blanco, le entregó la Copa Clarín al holandés Ruud Krol, capitán del ganador. A su lado, además de Julio Grondona (presidente de la AFA), con una media sonrisa entre siniestra y burocrática, Jorge Rafael Videla, el ominoso dictador, completaba la escena, constituyendo, allí, una imagen icónica del Proceso.
 
“Otras iniciativas fueron los Magistrales de Ajedrez, gracias a los cuales algunos de los mejores jugadores del mundo vinieron al país. Karpov, Korchnoi, Larsen, y todos ellos. Y una de las más atractivas fue la organización de la Semana del Cine Francés…”
 
En marzo de 1980, Lino Ventura, Jacques Doillon, Roman Polanski, Nastassja Kinski, Daniele Delorme, Veronique Jannot y algunas otras figuras de la actuación visitaron Buenos Aires para la Semana del Cine Francés, otra idea de Cytryn. El plan había generado cierta resistencia en la prensa progresista de aquel país, que se oponía a que sus artistas llegaran a una nación que prohibía a muchas de sus propias figuras. Finalmente vinieron.
 
Cytrynblum recuerda con cariño aquellos días, sobre todo porque pudo entablar una intensa amistad con Lino Ventura (1919-1987), vínculo que duraría varios años, hasta la muerte del gran actor. También acuerda la tarde que, como cierre del evento, el embajador de Francia en Buenos Aires invitó a toda la delegación y a los organizadores a su casa en San Isidro, una mansión victoriana que daba al río. “Después del brindis nos dijo, como al pasar, que quien quisiera podía meterse en la pileta (piscina). Yo no había llevado malla (traje de baño), es más, supuse que nadie… En un momento, miro para el costado y pasan la mujer del embajador, una señora muy elegante y liberal, y la misma Natasha Kinski [entonces con 19 años], ambas completamente en bolas, para meterse.”
  
El barco que trajo a Benjamín Cytrynblum (1896-1973) desde Polonia amarró en el puerto de Buenos Aires en julio de 1936. Con 40 años, Benjamín arrastraba una tristeza que no entraba en su modesta valija. En Mordy, la aldea suburbana en la que vivía, había dejado no solo su casa y su vida, sino también el recuerdo insoportable de una esposa, un hijo y seis hermanos capturados por los nazis, que hacía poco habían iniciado su desquiciada cacería. Ese Holocausto interno lo marcaría para siempre. “Mi padre escapó de pedo… era un tipo muy duro, nunca me habló del tema. Nunca”. En el barco, lo sabría poco tiempo después, también viajó, pero en otra clase, Sofía, su futura esposa, la madre de Marcos. Se conocerán un mes más tarde, en una cena organizada para los pasajeros. 
 
Por aquel entonces, Buenos Aires estaba terminando de contornear su espíritu cosmopolita, esa abigarrada constelación de razas y de culturas que cinceló su rica impronta social. En ese ecosistema nació Marcos, en abril de 1938. “Vivía en el barrio de Villa Crespo, donde había inmigrantes italianos, españoles, otros polacos, árabes… de todo un poco”. En su casa, con su padre, solo hablaba en idish, de manera que la calle y la escuela le sirvieron para su castellano. Como Benjamín estaba enojado con Dios, no le permitió a su hijo que hiciera la ceremonia del Bar Mitzvah, al que su madre —cuyos padres y hermanas también habían escapado del espanto nazi— sí lo había querido preparar.
 
Esa fue la atmósfera de su infancia; un padre hermético, una madre generosa, solidaria, de buen vínculo con los vecinos. Como muchos de su generación, y las posteriores, Cytryn jugó al fútbol entre los adoquines. Se hizo hincha de Argentinos Juniors, uno de los equipos de la zona que, varios años más tarde, cobijaría al deslumbrante Maradona.
 
A los 10 años, signado por la necesidad económica familiar, Marcos comenzó a trabajar durante los veranos en una fábrica de cinturones. Ya mudados a La Paternal, un barrio cercano, a los 12 ingresó en una curtiembre, donde cerca de los 15 empezó a manejar una maquinaria. En esa compañía conoció a un capataz, Horacio Tarrio, que además de enseñarle el oficio le contagió el gusto por la lectura. En poco tiempo, el joven Cytryn se hizo adicto a las novelas de aventuras, a las históricas, a la literatura norteamericana contemporánea —Faulkner, Dos Passos, Hemingway— y, sobre todo, a la bibliografía anarquista. En boga por aquellos tiempos, el anarquismo empezó a ganar su corazón. Ya a mediados de los cincuenta, y pese a que no había terminado el colegio secundario, ingresó en la Escuela Argentina de Periodismo, que admitía alumnos sin el secundario completo con la condición de que cursaran cinco años en el instituto para obtener el título. El lugar fue el espacio que le dio a Cytrynblum las herramientas y los contactos para definir su vocación. Un Profesor de la escuela, Antonio Bella Castro, poeta, entusiasmado con su prosa —Cytryn había ganado un concurso de cuentos—, lo ayudó a ingresar a Clarín, donde él trabajaba.
 
Ahí es donde comienza todo.
Trabaja como cronista en Información General, en Política, en Interior. El diario crece, el mundo también. En Clarín, por supuesto, empieza una vida, otra vida, el escarceo con gente diferente, parte de la burguesía social, gente que decide. La redacción es un mosaico de la Buenos Aires de entonces. Hay protopolíticos (peronistas, radicales y “gorilas”), intelectuales cínicos o decadentes, poetas lunfardos, anarquistas románticos, existencialistas módicos, algún service del Gobierno de turno. Es divertida, además: gritan, ríen, fuman, se hacen bromas entre ellos; hay mística, parecen socios de un club. Hablan de deportes, de guita, de música, está naciendo el rock.
 
Cytryn mira todo, aprende, es astuto, es rápido. Logra un par de “exclusivas”. Asciende, asciende mucho. Dicen que le cae bien a Roberto Noble, el fundador. También al que será su “sucesor”, Rogelio Frigerio, un hombre importante en la política nacional. Y al hijo de este, Octavio, que pronto será secretario general. En el llano, se hace íntimo de un petiso ancho —en realidad no es tan bajo, pero al lado del Ruso todos lo parecen— de origen alemán. Se llama Osvaldo Bayer, y es uno de los jefes de Política. Comparten el compromiso anarquista y el fanatismo futbolero, eso basta para que se hagan hermanos. Todavía no lo es, pero pronto Bayer será un icono de la historiografía argentina. Autor de obras canónicas como La Patagonia rebelde, le consigue un trabajo extra a Cytryn en Segba, la compañía de electricidad. El Ruso es ambicioso, descarado: para ingresar en Segba le exigen saber alemán. Miente, tanto cuando se lo preguntan en la charla como cuando le toman el examen de ingreso, que se copia entero. Como antes y después, ser cronista de un diario, aun de uno grande, brinda algún respeto, algún roce social, pero no alcanza para llenar la heladera con holgura. Más con una familia detrás: el Ruso se casa en 1961. Enseguida empieza a agrandarse la familia.
 
Pasan los años, las dictaduras blandas, el peronismo proscripto, la muerte de Noble, la llegada del hombre a la Luna. Cytryn acelera el galope, se enamora del oficio, alimenta ilusiones, repta por las entrañas de la ciudad.
 
En 1972, en una visita del embajador de Polonia a la redacción de Clarín, un compañero le comenta que el funcionario dejó una invitación abierta para que un periodista del diario visite Polonia. Al Ruso se le encienden los ojos, se le abre una ventana. Ya tiene un cargo, es editor, entonces tiene cintura para pedir, para que lo asignen. Y lo logra. El viaje es para recorrer Varsovia y Cracovia, pero Cytryn tiene un objetivo claro: conocer Auschwitz y llegar hasta Mordy, el pueblo rural del que escapó su padre. Se cita con el embajador polaco en Buenos Aires, le comenta su deseo. “Al tipo no le gustó demasiado la idea. Me dijo que eso era el campo, que no era fácil ir. Me dije: lo gestiono allá”. Cytryn viaja con un par de periodistas argentinos. Conoce Roma, Berlín occidental, Berlín oriental, ingresa a Varsovia. Es el apogeo de la Guerra Fría. En Varsovia, a la que todavía no llegó el progreso, le dice —le exige— a la intérprete que quiere conocer Mordy, que lo ayude. La intérprete le pone reparos, tiene dudas. Si algo no caracteriza al sueño socialista, al menos al soviético, son las libertades individuales. Son su pesadilla. Pero lo consigue. Un domingo al mediodía, un tren lo deposita en Mordy, adonde llega con la intérprete. No hay nadie, parece un pueblo fantasma, empujado a la diáspora. “Fui a la dirección que me había dado mi viejo, en donde era su casa. Adelante, había un precario cine de chapa y la casa de mis abuelos estaba al final de un pasillo. En la casa vivía una pareja. Me contaron que habían ocupado la casa después de terminada la guerra. Que cuando llegaron no tenía techo y que ellos se lo pusieron”. Cytryn saca fotos. Es un lugar desolado, lúgubre, atravesado aún por los aullidos silenciosos de su drama. Conmovido, cuando deja la casa y vuelve hacia el modesto centro del lugar ve cómo todo el pueblo sale de la iglesia. Estaban todos dentro, en la misa del domingo.
 
Cytryn vuelve a Buenos Aires, a Clarín, hay noticias que lo impactan. El secretario de redacción, Octavio Frigerio, que de a poco se va convirtiendo en su compinche, le dice que lo van a nombrar prosecretario de redacción. Acepta. Ya pertenece al patriciado periodístico del diario, está en carrera, le dan un 0 Km, se muda a una casa, construye poder, su palabra importa, el naranjo está en flor. Pero hay más, los temblores se suceden. Le cuenta a Benjamín que sacó fotos de Mordy, que se encuentren, que las vean juntos. El padre llega a la casa, se saludan, la misma distancia de siempre, el mismo callado rigor. Cytryn proyecta las diapositivas en una pantalla. Le cuenta, le explica. Cuando enciende las luces, una lágrima recorre la mejilla de su padre. Se hace un silencio espeso, incómodo, nadie dice nada. Nunca hablarán del tema, nunca dirán algo. “Fue la única vez que lo vi llorar. Me hubiera gustado alguna vez hablar de todo eso, me quedé con ganas, pero era algo muy doloroso para él y elegí respetarlo”. Benjamín murió al año siguiente. Tenía 77 años.
  
“Jefe carismático, imponente y controversial, tenía una capacidad notable para percibir los humores sociales y la sensibilidad del lector, y lograr que la combinación no colisionara con la línea editorial de la empresa. Durante 15 años, cada tapa surgió de sus intuiciones y las de su partenaire, el jefe de diseño, Tomás Dagnino, al que Cytryn convirtió en su lector arquetípico: le atribuía sintonía con el medio millón de argentinos que miraría la tapa al día siguiente”. En su libro Clarín, la era Magnetto (Planeta, 2015), el periodista Martín Sivak describe de ese modo, tras seis años de investigación, los entretelones de la edición cotidiana del diario. El libro es el segundo volumen de un trabajo exhaustivo que reconstruye el crecimiento y el auge de Clarín como dispositivo de lectura del desayuno nacional por antonomasia, primero, y como empresa todopoderosa después, ya convertido en un pulpo implacable y multimediático.
 
Ese salto exponencial comenzó, paradójicamente, poco tiempo antes de que Cytryn dejara la empresa por sus diferencias con la cúpula directiva, encabezada por Héctor Magnetto, accionista y CEO actual, uno de los empresarios más influyentes y temidos de la Argentina. De bajísimo perfil durante muchos años, tildado de despiadado por propios y extraños, el nombre y la posición de poder de Magnetto quedaron expuestos para la opinión pública tras un largo y descarnado enfrentamiento de su Grupo con el Gobierno kirchnerista, iniciado en 2008 y continuado hasta hoy. Durante la jefatura de Cytrynblum, Magnetto era el gerente general de la empresa —que además del diario también era accionista mayoritario en Papel Prensa, fabricante del insumo esencial para los medios gráficos—, pero su influencia en la toma de decisiones de la redacción, neutralizada por Cytryn, era, sino irregular, al menos inorgánica. Una vez que Magnetto se deshizo de él, la convirtió en su doncella.
 
Pero volvamos a los tempranos años ochenta. A fines de marzo de 1982, Cytryn se encuentra de viaje en París, su ciudad favorita. Allí vive François Le Pot, seudónimo de Enrique Oliva, que además de corresponsal de Clarín en la ciudad es un amigo al que Cytryn envió allí para que no lo chupara la dictadura. Culto y expansivo, Oliva era una ardiente militante peronista. “Salvando las distancias, tenía el fuego revolucionario del Che”, recuerda. “Durante un tiempo lo refugié en mi casa, hasta que lo pudimos sacar del país. Todavía tengo la imagen del avión que lo llevaba al exilio levantando vuelo en Ezeiza”.
 
La excusa de tener un amigo en París le sirve a Cytrynblum para visitar esa ciudad cada año (algunos años más tarde, Francia le retribuirá ese cariño nombrándolo Caballero de la Legión de Honor). Y allí estamos, en abril de 1982, cuando en el mediodía del viernes 2 una noticia lo sacude: Argentina recuperó las Islas Malvinas. Después de hablar con Joaquín Morales Solá, su segundo en el diario, Cytryn arma las valijas y se sube a un taxi hasta el aeropuerto Charles De Gaulle, donde se toma el primer vuelo hacia Buenos Aires. La Guerra de Malvinas, que duró hasta el 14 de junio de ese año y que, tras la muerte de 650 soldados argentinos, finalizó con la rendición de las Fuerzas Armadas a manos de los ingleses, trae recuerdos no menos ominosos para el periodista.
 
“En medio de la guerra, fuimos con Ramón Andino, otro gran amigo y jefe de cierre del diario, a ver al Brigadier [Basilio] Lami Dozo, jefe de la Fuerza Aérea. Estábamos reunidos y él salió por un momento. Cuando volvió, en la mano traía un télex con una propuesta del presidente peruano [Fernando] Belaúnde Terry para destrabar el conflicto. Blandiendo el documento nos dice: ‘Miren lo que rechaza el hijo de puta de Anaya’. [Jorge Isaac] Anaya era el jefe de la Marina. ‘Está rechazando la propuesta de tres banderas en Malvinas’, gritaba Lami Dozo, sacado. Ahí mismo también lo criticó a [el presidente Leopoldo] Galtieri, del que dijo que era un imbécil y un borracho. Con Andino nos quedamos estupefactos”.
 
Paradojas de un país convulsionado, aunque lógico tratándose de una guerra que fue tomada como una gesta popular, durante la contienda de las Malvinas Clarín alcanzó picos de ventas. Su postura y cobertura durante el conflicto —para la cual no contó con un periodista propio en el frente, de manera que debió reportar valiéndose de la información oficial—, osciló entre cierta euforia al comienzo, producto de la recuperación, cierta “neutralidad patriótica” durante algunas semanas y un optimismo ligero que se convirtió en negador después, al punto de no aportar datos de la inminente rendición argentina hasta horas antes de que ocurriese. Ese optimismo, es cierto, fue mucho mayor en otros medios (La Razón, Crónica o la revista Gente), que batieron el parche del triunfalismo durante los más de 70 días de batalla.
 
Pasado Malvinas, se inició el lento deshielo. Comenzaba a hablarse de transición. A mediados de 1982, el diario publicó por primera vez en su portada una foto de las Abuelas de Plaza de Mayo, prácticamente ignoradas hasta ese momento por todo el arco mediático local, a excepción del Buenos Aires Herald (diario escrito en inglés, el único que, pese a apoyar el Golpe, publicó las atrocidades del régimen). “Clarín fue muy cagón, tengo que admitirlo. Recuerdo que cuando se llevaron a Timerman [Jacobo, mítico editor argentino], nos vino a ver su hermano, furioso porque no habíamos publicado nada. Después de mucho hablar con el tercer piso [donde estaban los gerentes], logramos convencerlos y escribimos un editorial donde reclamamos por él”.
 
- ¿Siente que podía haber hecho más por él o por otros colegas o conocidos?
- A veces me pregunto si hice todo lo que pude para mitigar el dolor de tantos. Lo pienso mucho. Le doy vueltas, es algo que me aparece por las noches… Hice todo lo que pude por mucha gente. Sí, siempre se puede hacer más, pero estoy tranquilo con eso.
 
- ¿Además del corresponsal en París, hubo otros casos?
- Sí, también secuestraron al corresponsal en Neuquén, Enrique Esteban, que era un muchacho joven que ni siquiera era militante. En el diario publicamos la noticia varias veces, pero lo que hice fue distribuir su ficha en todas las agencias internacionales de noticias que tenían sede en Buenos Aires. Me aseguré que su caso tuviese difusión. Fui a ver al general [Roberto] Viola, y él me derivó con [Reynaldo] Bignone, antes de que fuera presidente. Pero pasaba el tiempo y no aparecía. Hasta que un día, tres meses después, llamó Bignone al diario para decir que estaba en Tres Arroyos. Lo habían torturado. Un horror. Lo “legalizaron”, y tres meses después lo largaron.
 
- ¿Había pedidos de auxilio espontáneos, gente que aparecía para pedirles ayuda?
- Una vez vino Haroldo Conti [legendario escritor argentino, desaparecido], a pedirme plata, asustado. Él colaboraba en el suplemento cultural. Le di plata, porque su idea era irse. Al tiempo me enteré que no aparecía por ningún lado. Hasta hoy. También nos movimos por Antonio Di Benedetto, cuando lo chuparon. Logramos que lo largaran. No tenía un peso, además, así que le di plata y se fue del país. Vivió seis años en Madrid. Desde el exilio le publicábamos artículos y le girábamos la plata.
 
Tanta oscuridad, tanta pulsión baja debía atemperarse de algún modo, sostenerse en algo que pudiera servir de bálsamo entre todo ese miedo, toda esa prohibición. Cualquier redacción de aquellos años, por más pequeña o grande que fuera, era un ámbito de dispersión, con su liturgia propia, su costado lúdico. La de Clarín prácticamente no tenía mujeres, y entre sus integrantes contaba con un buen puñado de tipos noctámbulos y arrabaleros, sujetos dados a la libación, al vicio hedonista, al descenso a lo profundo de la noche. Cytrynblum era uno de ellos. Para él, la calle Corrientes y, sobre todo, los restaurantes de moda entre la farándula eran algo así como la continuación de su despacho. Casi todos los días, después del cierre, junto a su secretario Medrano, Rolo Andrés —a cargo de la revista dominical— y el jefe de fotografía del diario, José Bairo, iba a comer a Edelweiss, Fechoría o Los Años Locos, reductos emblemáticos de esa época.
 
La noche porteña tenía su encanto, sus risas, sus curvas, sus secretos. En esas mesas, entre volutas de Benson&Hedges o Jockey suaves y vino blanco premium, Cytryn se hizo amigo de Alberto Olmedo, célebre cómico argentino, un persona
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Cómo se construyó y cómo se gestiona la batalla cultural-En 2016, Agustín Laje y Nicolás Márquez, por entonces figuras marginales que solo circulaban en nichos intensos de internet y en editoriales poco conocidas, publicaron El libro negro de la nueva izquierda, en el que sentaban las bases de la batalla cultural: tras la caída del Muro de Berlín, decían, la izquierda perdió la hegemonía militar y económica, pero no su influencia decisiva en la cultura.
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Viaje al mundo de la educación, de Axel Rivas
¿Cómo se aprende? ¿Qué vale la pena enseñar? ¿Puede la educación cambiar una sociedad?
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Ostracismo
Por Daniel Posse- La cultura oficial no grita. No lo necesita. Su pedagogía más eficaz es el vacío, esa mudez administrativa que se arrastra por los despachos como un gas invisible.
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Lisa y Javier:
Somos tucumanos viviendo en Córdoba.y seguimos la página. Muy buena y justa. Gracias
MalinkaCanny:
Hello! You’re simply the best. https://kwork.com/ref/11268055
Pablo:
Los felicito por la página.es muy buena la leo a diario y me gustan las de opiniones. .
facundo:
Gracias por las noticias que publican. Buena críticas y jugadas. Tengo 23 años algunas veces coincido y otras no , pero me gusta leerlos.
José María:
Muy buena la página, todas las notas muy bien tratadas. Claridad y solvencia informativa. Sigan así.
Victoria Aguirre:
Soy tucumana y vivo en Córdobsa, los sigo desde este año. Felicitaciones , es de lo mejor.seria pluralista, justa la página.
Juan Pedro Soria:
Buena la entrevista al e cantante chileno. Lo escuché en Salta hace unos años.
Ana Lia:
Sancor Salud es de lo peor, bien hecho por la multa
Arturo :
Siguen los papelones de la UCR. Los Sánchez, los Cano, los Elías, todos fracasados, desde hace años.
Julio:
Darío monteros se cree que sabe todo. Es igual a todos.
Florencia Carrizo:
Muy buena la página. Notas de opinion muy acertadas e interesantes.
Andrea :
Felicito a los que trabajan en la página, muy buen información y tratamiento de las noticias. Estudio comunicación.
Federico:
Leo esta página a diario. es muy bueno lo que hacen-felicitaciones
Juliana:
Es increible como siguen los precios subiendo. mentira lo de la inflacion que baja
Francisco :
Muy buena la página y sus artículos.
Pedro:
Cortita y clarita la nota de la lista del PJ. Buena página los sigo.No se callen.
Juan Carlos:
Hace años consumo el pan del Mundo. Muy rico
Ana Lia:
Muy buen vino, lo probé en Mendoza. Espero encontrarlo aqui en Tucumán
Julia Godina:
La nota sobre el conflicto en medio oriente, es clarificadora.
Agostina:
Los jovenes estamos frustrados po rlas politicas excluyentes de este gobierno nacional
Facundo:
Muy buen la página, la leo a diario. Vivo en Misiones , y soy tucumano. Toca todo los temas aunque falta más de deportes.Felicitaciones.
Florencia:
Muy buena la página. Notas muy interesantes pluralistas. Gracias, es difícil encontrar este tipo de opiniones e informaciones.
Jorge:
Los sigo hace unos meses. Muy buena la página, abarca diversas situaciones. Vivo en Buenos Aires.
Osvaldo Aguirre:
Muy buena la página. Falta más deportes
Ricardo J:
Muy buena página y el tratamiento de las noticias
Benicio :
Clara y contundente opinión de la situación de los discapacitados y el bochorno de este gobierno en el tema
Julio y familia:
Vivimos en calle 24 en zona del Bajo. La música a todo volumen de los negocios no deja trabajar y menos descansar. Nadie controla eso?
Josefina y Malena:
Somos tucumanas viviendo en Córdoba. Conocemos Solanas en Punta. Un lugar hermoso en todo aspecto. Gracias
Arturo:
Estaria que en vez de tregua en el Libano,se termine esa guerra. Difícil , para mi. Buena la página
Roberto:
Milei está loco al desregular venta medicamentos.
Adrian Villafañe :
Excelente nota, estamos lejos de ser un país como Chile, saludos a los que componen el diario, los leo todos los días
Jorge González:
Da bronca lo de Adorni, nos caga a los jubilados y a el le dan millones.
Susana González:
Muy buena la página. Y las publicidades. Soy de Concepción y los sigo a diario.
Hugo :
Es verdad el conflicto de celos entre Jaldo y Chahla, no está afectando con el tema de los ómnibus.
Federico:
Arriba el Concejal 19 !!!!!!
Ana María:
De lo mejor de la página, con noticias muy actuales y opiniones diversas. Felicidades
Florencia y Augusto:
De lo mejor la nota del Concejal19 Lo queremos en el concejo deliberante ya ¡Urgente!
Gustavo Espeche:
Soy tucumano radicado en Córdoba y sigo a esta página de Sucesos . Muy buena los felicito
javier:
quiero denunciar el mobbing laboral, y el abandono de persona (al docente), que hace el ministerio de la ministra montaldo. en primera persona.
Beatriz y Augusto:
Somos seguidores de la página. Es muy buena en las infos. Vivimos en Santiago del Estero. Excelente la nota de Paulo Freire
María Florencia:
Muy buena la página la sigo hace unos meses. Sencilla y precisa en la formación.
Alberto Monteros:
Felicito a esta página.Muy buena, tratan con seriedad y los columnistas excelentes. Soy tucumano , que vuivo en BsAs.
Julio :
Muy buena página. Conozco el hotel de Montevideo. Muy bueno. Soy argentino
Julio:
Muy buena la página y sus recomendaciones de libros
Invitación :
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Oficina publica:
Bien gobernador por los aumentos en los sueldos
patricio y federico :
Gracias gobernador por el aumento a los sueldos
Alejandra Cisneros:
Gracias por los nuevos salarios, Jaldo
Juan Carlos Veliz:
Felicitaciones al gobernador jaldo y su equipo por los aumentos de sueldos
Josefina:
Las SAT y la municipalidad son un desastre. Es verdad lo que dice el ar´tículo. Buena página
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