«Estuve a punto de cerrar, pero busqué la manera de no hacerlo y, al mismo tiempo, cumplir con mi palabra de apartarme. Sentía que La Bombilla me había trascendido (...) hacía falta savia nueva, gente joven, más energía. Entonces hablé con mis trabajadores y les propuse que fueran ellos quienes gestionaran el espacio: que llevaran la batuta, programaran, trajeran nuevas ideas y otro tipo de público. Y eso es lo que hemos hecho», explica.
La falta de luz y los cortes energéticos de casi 20 horas —o más— han transmutado la vida del cubano promedio. Cambió la forma de moverse, de estudiar, de comer y, por tanto, de producir, consumir y difundir música. Son cada vez más las despedidas en la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional José Martí, en La Habana. Y la trova, fiel a su tradición de lírica politizada y a su condición de espejo del contexto histórico en el que se inserta, no podría ser distinta.
«Ha cambiado la trova en sí misma y ha cambiado la manera de verla. Hace diez años era muy accesible. Hoy, con el nivel de precios, al público joven le resulta más difícil acceder a ella. Muchos músicos se han ido. Y los nuevos trovadores están experimentando más, fusionando ritmos y buscando nuevos públicos. La Habana musical está cambiando y los músicos se están adaptando», explica el vasco.
Pero para Guille, sin luz, aún se puede cantar y crear.
«Sí, las cosas se dificultan, pero no creo —poniéndome un poquito metafísico— que eso afecte realmente a la creación como tal, sino que quizá la transforme o la vaya adaptando. Supongo que tendremos que ir transformándonos con el tiempo también y adaptarnos a esa situación, sin perder la esencia».
«Evidentemente, todo se vuelve mucho más complicado: desde que tus trabajadores lleguen al lugar hasta poder sostenerlo económicamente, por los precios de la gasolina, etcétera. Pero creo que sí se puede».
En esa estrategia de reinvención, el equipo de La Bombilla ha optado por hacer eventos de día —aprovechando no tener que poner en marcha la planta eléctrica a base de gasolina—, donde interactúan e intercambian con otros cuentapropistas.
«La música se tendrá que ir adaptando un poquito a esas circunstancias. En este país, el disfrute de la música y del arte no debería tener hora ni verse impedido por ningún bloqueo energético», agrega.
Últimamente, le preguntan mucho al vasco por qué se queda en un país tan difícil. La respuesta es menos compleja que la situación en sí.
—Me quedo precisamente porque creo que tengo que seguir haciendo esto.
«Vivo en un país con problemas muy graves desde hace tiempo, pero tampoco soy ajeno a que el mundo está patas arriba. Vengo de un país pequeño, de tres millones de habitantes, con un producto interior bruto altísimo, en el que tampoco faltan los problemas», dice.
«Problemas habrá siempre, de todo tipo. Aquí son otros, quizá un poquito más bestias. Pero me encanta. Me encanta esta ciudad, me encanta este país. Creo que tiene lo que me faltaba en el País Vasco. Creo que, a pesar de todo, aquí hay mucha más felicidad que en muchos países ‘felices’ de Europa. Y al final, eso es lo que busco para mí y para mi familia».
La Casa de la Bombilla Verde no promete más allá de lo que da: guitarra, público, un poco de bebida y comida. Es, ante todo, un lugar sincero.
Y, ¿cómo te sentiste? ¿Tomaste una caipiroska —de las mejores de la ciudad, en mi humilde opinión—? ¿Escuchaste los dedos de un trovador que quizá no está en Spotify deslizarse por cuerdas metalizadas y traducir en lírica una realidad que ya no te resulta tan ajena? ¿Te enamoraste? ¿Fumaste en el portal de una Habana distópica? ¿Sí?
No vale la pena esperar la guagua: no va a llegar. Ahora camina lento entre los escombros de una ciudad que todavía sigue viva, aunque no lo parezca.
Por favor, no se molestenQue pronto me estoy yendo;No vine a perturbarles.Y menos a ofenderlosVi luz en las ventanasY oí voces cantandoY, sin querer, ya estaba tocando.Coolt