Cultura: NÍSPEROS

14/03/2026 | 596 visitas
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Cuento de Daniel Posse-

La tarde parecía descolgarse entre la modorra y un desgano perezoso. A pesar de eso, Eduviges Herrera seguía con las manos sumergidas en el fuentón de lata, estrujando contra la tabla de lavar los pantalones de franela violáceos y manchados con la grasa de su marido. La casa estaba quieta; sus cuatro hijos habían ido a la escuela y su marido seguía en el taller de bicicletas que funcionaba a siete cuadras de allí, en un local maltrecho que alguna vez fuera el comedor del hogar de sus suegros.
 
Cada tanto golpeaba la tela enjabonada con un cepillo de plástico. Al hacerlo, un mechón lacio y renegrido se le escapaba por detrás de la oreja para derramarse sobre su frente y nariz hasta quedar húmedo de sudor. Entonces, con el revés de la mano, se lo acomodaba nuevamente. Al levantar el brazo, la remera amarilla de escote en V se abría; allí se podían ver pequeñas gotitas de sudor emanar de su pecho trigueño. Sentía la tela pegada, delatando su contorno bajo el algodón húmedo, hasta que con un ademán rápido se estiraba para que la prenda volviera a quedar suelta sobre su cuerpo.
  
Estaba cansada, pero su cansancio venía desde adentro, desde el alma. Nada tenía que ver con sus músculos trabajados en la fajina diaria de quien lleva adelante una casa con cuatro hijos, cincuenta gallinas, tres perros, dos gatos y una conejera; con cinco jaulas de cardenales, un loro hablador y atrevido, un marido bruto y cariñoso pero de pocas palabras, y una huerta. Allí, en la huerta, se sometía al vaivén de las verduras entre el escardillo, la azada y herramientas como rastrillos, palas y tijeras de podar.
  
Solo cuando estaba ahí se sentía libre. Esa parcela de tierra, cercada por una trinchera de cañas huecas y alambres, era su bastión. Los olores a hierbabuena, menta, orégano y a las flores de azahar de los naranjos la envolvían, haciéndola olvidar esa vida trajinada y austera donde la abundancia solo estaba mechada de sueños, ya fueran ajustados a la quiniela o a la nostalgia impuesta por los recuerdos de su adolescencia. En aquel entonces la perseguía un enjambre de jóvenes viriles que iban tras ella como moscas tras la miel. Nunca tuvo muy en claro si lo hacían porque ella enviaba señales, porque era muy hermosa o, quizá, por sus enormes pechos, que se habían abierto a la vida con un tamaño descomunal cuando su cuerpo todavía era raquítico, de niña escuálida.
 
Adquirió entonces el apodo de “pecho de paloma”, porque parecía que su delantera iba a reventar las blusas floreadas, las camisas de cuello bebé forradas de puntillas blancas y cintas rosas o aquella campera de tela sintética amarillenta, casi anaranjada, con la que se sabía a varios kilómetros si ella venía o se estaba yendo. De todos modos, Eduviges Herrera no era consciente de que armaba tanto barullo. Por eso, cuando el malón de muchachitos se amontonaba en la vereda bajo la sombra de una cepa abundante de cañas tacuaras frente a su casa, ella jugaba a las escondidas entre las matas de geranios y las campanillas que trepaban por los postes de luz y las ramas de las moreras.
 
Siempre era encontrada; todos querían esconderse con ella. Le resultó sospechoso que, cada vez que hallaba un escondite, todos la apretujaban hasta dificultarle la respiración. Dejó ese juego definitivamente el día en que estuvieron horas ocultos esperando ser hallados y descubrió que incluso quien debía buscar se había acurrucado detrás de su espalda. Allí, por primera vez, desestimó la amistad de los hombres y adquirió cierto recelo hacia ellos.
 
Ante la nada, intensificó su otra pasión: esperar la temporada para treparse ansiosa a los nísperos. Subía a sus ramas rugosas y negras para devorar compulsivamente los frutos amarillentos y dulzones, escupiendo luego los carozos para hacerlos rebotar contra las hojas alargadas, verdinegras y ásperas del árbol. Este era su fruto preferido. Se escapaba en las siestas tibias para bajar, a veces ya con el sol cayendo, con la panza a punto de reventar, los dientes amarillos, el cuerpo raspado y polvoriento, los bordes de la boca sucios de tierra suelta y las ganas satisfechas con uno que otro eructo.
 
Pero si bien el desarrollo de sus pechos fue precoz, la regla le llegó bastante tarde. Fue aquel milagro que denota una fertilidad incipiente el que, al correr entre sus piernas, la hizo pensar, en su ignorancia, que se había lastimado. Ese día dejó de trepar compulsivamente a los nísperos ante los ojos del mundo; las hormonas habían hecho lo suyo, templándola como al mejor acero y forjando una mujer abundante en gestos, austera en palabras y llamativa como un otoño húmedo, al menos en esa región del país.
 
En medio de esos embates desarrolló un afecto repentino por su medio hermano Aníbal. Él era cuatro años mayor, pero un retraso mental lo situaba en los juegos de un niño de seis; quizá por eso Eduviges se sentía segura a su amparo. Aníbal solo venía los fines de semana, cuando su abuela materna lo dejaba ir con su padre. Su madre había muerto en el parto.
 
Al inicio ella se mostró indiferente. Pero cuando creyó ver la verdadera naturaleza de los hombres durante su adolescencia se refugió en el lenguaje inocente de Aníbal, presente en sus escasas palabras y en sus juegos. Así fue como juntos, en plena comunión, trepaban a comer nísperos entre risas y muecas mudas.
 
Para ambos era la fruta preferida; las ganas se desbocaban entre jadeos y una respiración acelerada que fluía en el esfuerzo de ir de gajo en gajo, de rama en rama. El mejor premio era encontrar los frutos más anaranjados, esos de piel arrugada y con pecas, porque significaban una carga de dulzura que llenaba la boca, se expandía por el estómago y se les subía a la cabeza. Todo parecía oler y sentirse así: una mezcla de dulce sabor y jugoso amarillo con una pizca de agrio pastoso. Eran los frutos del níspero, con sus hojas aterciopeladas de un lado y ásperas del otro, que raspaban con el filo de sus costados.
 
Tanto jadeo y tanto sopor los llevó, entre rama y rama, a una proximidad donde, por primera vez, Eduviges vio crecer un bulto entre las piernas de Aníbal. Se respiraban tan cerca que podían verse los poros; ambos reían, un poco por la excitación y otro poco por los nervios, pero no pasaba de ahí. Cada tarde de sábado en el árbol los acercaba más; pese a la inmovilidad que los poseía, se adivinaba que en cualquier momento las compuertas del deseo se abrirían.
 
Poco tiempo después la abuela de Aníbal murió de una suba repentina de presión y el niño en cuerpo de hombre terminó viviendo con ella y su familia. No tenía otro lugar adonde ir. De sopetón, su amigo, su medio hermano y cómplice de juegos dejó de ser una visita para ser uno más del núcleo familiar.
 
Aquel día de marzo había hecho mucho calor; parecía el mismísimo enero. El sol arremetió de tal forma que hubo que buscar el río para soportar los rayos enceguecedores del astro rey. Despuntó el día y, cuando ya caía la tarde, todos seguían quietos, en una especie de trance para sudar menos. La casa estaba desierta. Aunque ya no había nísperos en el árbol, ellos treparon igual.
 
Cuando la noche cayó, elástica y caliente, los encontró desnudos, acariciándose y descubriéndose. Pero junto con el primer beso llegó su madre, quien los encontró en ese estado.
 
Para Aníbal era un juego donde se mezclaba la mente de un niño con la virilidad de un hombre; para Eduviges fue el amor de un hombre sin lascivia que había entrado a su corazón por el lado de la ternura. Pero para sus padres fue pecado, y había que ponerle remedio. Los separaron sin mediar palabra: a él se lo llevaron a un asilo y a ella la casaron con el primero que aceptó. Así fue como Eduviges Herrera terminó en las manos de un hombre de palabras austeras y gestos hoscos.
 
Su matrimonio no había sido tan malo: le había dado una casa, cuatro hijos y una huerta donde lo primero que plantó fue un níspero. La verdad era que, para poder sentirse cómoda cada vez que su marido arremetía con ganas de sexo, ella simplemente se dejaba llevar, manteniendo fija en su mente la imagen de Aníbal.
 
Eduviges Herrera seguía ahí, lavando, metiendo sus manos arrugadas por tanto refregar en el agua jabonosa, cuando tocaron el timbre. No había nadie más para atender, así que se secó las manos con un repasador y abrió la puerta del frente. Allí estaba Aníbal. Diez años después se veía casi igual; solo en los costados se le distinguían unas patillas blanquecinas, pero en lo demás su cuerpo, su risa y sus ojos vivarachos seguían siendo los mismos.
 
El abrazo ocurrió en el fondo y las palabras también. Cuando se dieron cuenta ya estaban debajo del árbol de nísperos. El olor a la fruta madura se diluía entre sus respiraciones agitadas; entre bocanada y suspiro, ambos lanzaron los carozos marrones y brillosos contra el tronco del árbol.
 
Eduviges se olvidó de la hora, de su marido y de sus hijos, hasta que el sonido de la radio encendida, el televisor a todo volumen y los gritos de los niños la golpearon. Con el semblante cansado y unas ojeras profundas volvió en sí. En silencio guio a Aníbal para que saliera por el fondo.
 
Después regresó a la casa y entró en la cocina. Allí estaba su marido tomando unos mates. Al mirarla le preguntó:
 
—¿Dónde estabas?
 
—Comiendo nísperos —contestó ella con un dejo de aparente indiferencia. Luego agregó—: Sabés una cosa, hoy estuve todo el día acordándome de mi hermano Aníbal. ¿Te molesta si lo voy a visitar o si lo traigo para casa algunas tardes? Vos sabés que él no es del todo normal.
 
—Por mí está bien, es tu hermano, ¿no? La próxima vez que juntes nísperos tráeme algunos y guardámelos en la heladera; los estuve deseando.
 
—Como vos quieras —respondió ella.
 
Cerró la puerta dejando tras de sí una estela de satisfacción, por primera vez en su vida.
  
   Del libro La Villa Nueva – Relatos



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